19 de diciembre de 2018

Fair Play, ¿Mito o realidad?


Es claro en el “Fair Play” (juego limpio) el ideal de conducta ética en la confrontación deportiva. En términos generales se lo describe como un comportamiento honesto y correcto que deben observar los atletas ante su oponente, arbitro y asistentes; incluye el respeto las personas y a las normas. En la conducta deportiva no debe haber humillación, maltrato o engaño.

¿Cómo es entonces, que a pesar de la presencia de ideales morales precisos y aplicables, el campo deportivo se ha convertido en un campo de batalla? Aparentemente el rival se ha convertido en un enemigo a vencer, y como en la guerra, el fin justificaría los medios…

Vemos casi a diario un sin número de conductas “anti-deportivas”, escenas de violencia descontrolada entre jugadores, contra el réferi, y la incapacidad de un contexto en evitarlas o controlarlas.

Dado lo complejo del tema, y para intentar comprenderlo, voy a circunscribirme a describir algunos aspectos psicológicos que inciden en el desencadenamiento de una conducta agresiva. Para luego enumerar conductas del entrenador que pueden incentivarlas o provocarlas a partir de ciertas características motivacionales de los deportistas con los que trabaja.

Aspectos psicológicos y morales

En la conducta agresiva o violenta puede haber dificultad o incapacidad para ver al otro y reconocerlo en su propio valor como persona, un ser que no merece ser dañado. Que al agredirlo puede o es probable que sufra, por ende, le estoy causando un daño. Ahora bien, tener desarrollado este “sentido del otro” no es garantía de que no se pueda tener la intención de dañarlo o provocarle sufrimiento, y luego de llevarlo a cabo. Si esto sucede, nos encontramos frente a otra instancia en el actuar, la capacidad de controlar los impulsos agresivos y así evitar el daño potencial. Ésta puede o no estar presente, o más o menos desarrollada.

Otra dimensión importante que no puede pasarse por alto es la conciencia moral. Todas las acciones, desde las más pequeñas hasta las más transcendentales están sostenidas en valores o principios morales. Es la capacidad para diferenciar e identificar el Bien y el mal -lo que está bien o mal en términos morales, y ser conscientes de ellos para finalmente poder aplicarlos en situaciones particulares de la propia vida. Los principios morales sostenidos en el Bien, son una clara contención de impulsos agresivos y violentos.

Hasta acá enumeré 3 aspectos que deben estar presentes en quienes practican deporte para que el Fair Play pueda cumplirse:
-          Percepción del otro
-          Auto-control (emocional y conductual)
-          Conciencia moral

Todos ellos estarían presentes en el mejor de los casos en un deportista maduro mayor de 21 años. Antes de esa edad los hábitos, las normas y valores se reproducen por imitación, se aprenden e incorporan para poder ir aplicándolos en cada experiencia con la guía de un adulto.

Es primero el contexto familiar, luego el escolar y finalmente la comunidad o comunidad deportiva la que brinda el ejemplo a imitar, conteniendo y posibilitando su incorporación para el desarrollo del propio sentido del orden, del cumplimiento y del deber.

Es importante entonces que los entrenadores conozcan estos aspectos del desarrollo evolutivo, en qué nivel del desarrollo psicológico y moral se encuentran los deportistas con los que trabajan y si es el esperado para la edad en cuestión. La inmadurez o ausencia de estos aspectos puede llevar a bajos niveles de Fair Play.

Estrategias de motivación

Los entrenadores encarnan y personifican los ideales deportivos. Son sus voceros directos, el principal ejemplo a imitar. Son los responsables del clima motivacional y de la atmósfera moral en entrenamientos y competencias.

Diferentes investigaciones han mostrado que a mayor énfasis en el éxito deportivo basado en la victoria superando al rival, es más probable que se transgredan las normas y se recurra al juego “duro”, incluso implícitamente aceptado en algunos deportes.

Por el contrario, enfatizar el esfuerzo por mejorar la propia habilidad, lleva a un mayor acatamiento de las normas y a una competencia “justa”, basada en el respeto y la entrega. Agredir y engañar pierden sentido cuando lo que se quiere demostrar es la propia maestría.

También es fundamental conocer si el deportista tiene como objetivo (meta):

a)      demostrar su habilidad y compararla con los demás, sintiéndose competentes cuando son superiores a sus rivales, o

b)      aprender y demostrar su maestría en la tarea. Comparándose con ellos mismos y sintiéndose exitosos cuando mejoran su ejecución.

Uno u otro objetivo orientará su conducta, y ésta a su vez se verá o no potenciada por el clima motivacional y la atmósfera moral sostenida por el entrenador.

Estas variables no son absolutas ni determinantes, pero si condicionantes.

El modelado de la conducta, la formación deportiva y los entrenamientos planificados por los entrenadores tendrán como base la biografía personal de cada deportista y la legitimación del contexto deportivo.

Toda estrategia de motivación que contemple la posibilidad de moderar o controlar conductas agresivas deberá incluir todas estas variables.


Lic. Jimena Martínez
19 de noviembre de 2018