30 de junio de 2018

De la fascinación al desencanto


De la gloria a la humillación

El deporte, como tantas otras actividades humanas no escapa a la polaridad de la dualidad. La realidad de los equipos cobra pleno sentido en tanto haya alguien contra quien competir. Es su necesidad inherente enfrentarse y que haya un resultado -ganar (preferentemente) o perder, empatar no es suficiente, no define. El empate no da a los competidores n a los espectadores el alimento emocional que surge fruto de la identificación, de la cohesión real o imaginaria.

Al superar al rival, también el fanático se viste de gloria. Al triunfar lo inyecta de una inigualable dosis de amor apasionado, viven en un paraíso en el que se palpita la superioridad, y el ego individual y colectivo es exaltado. Ahora, merced a esta ofrenda, el equipo es merecedor de reverencia, de reconocimiento.

Claro está que para la tribuna, no puede ser de otra manera. ¿Qué menos se puede esperar de quienes tienen este “sagrado cometido”? El de elevar la moral, el de rescatarlos de una vida monótona y gris, sin pasión o arrobamientos. Está en sus hombros titánica tarea.

Pero no disponen de mucho tiempo, tampoco son muchas las oportunidades. Cada minuto, cada segundo que transcurre desde el comienzo debe aprovecharse y mostrar el inigualable e insuperable talento.

¿Cómo no lo van a lograr si la ilusión de quienes son su razón de ser está en sus manos? Imposible siquiera imaginarse el desencanto de semejante arbitrariedad.

El juego debe ser perfecto. No hay lugar para la duda, la inseguridad, la torpeza, la imprecisión o el error. Incluso, que no se digne la suerte a castigarlo con su indiferencia, pues es merecedor incuestionable del favor divino.

¿Podrían acaso entonces, en su condición de semi-dioses ofrecer resultado adverso? No cabe en razón alguna desenlace contrario a la sublime victoria.

Mas la ciega fatalidad se ha empeñado, y haciendo caso omiso a los designios de la providencia, los ha llevado al exilio del ocaso en la derrota. En ella ya no son espejo inmaculado de impecables cualidades guerreras.

Sin embargo, deben cumplir todavía, con una última tarea: mostrar dignidad en el sacrificio. Entregar el alma, entregar el corazón, dejarlo todo… Impensable el abandono, la desidia, la impotencia. Pueda así al menos el destino apiadarse y elevar el honor de la miseria.

Inmerecido y humillante el resultado…

Ya no alcanza con ocultar el orgullo herido o de llorar el poderío perdido. Se han convertido en un pobre reflejo de una esperanza vacía, del desconsuelo de una ilusión perdida.



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